Los planetas cardíacos de Yax.
¿Qué
es el radar, qué es el oído? Es el corazón –responden Los Planetas de Yaxkin–, porque destila en cada verso de su libro un
gradiente cardíaco que también es el de la escucha: están palpitados por un
tremor de entusiasmo, de candor, de exaltación sanguínea ( = la escucha del
calor). Oído que abarca la franja muda del cosmos, como el Radar de Arecibo, plantado
en plena pansemiótica del libro-radar de Yaxkin. Entonces no cabría –para un
cardionauta– desacoplar la aventura inherente a la sangre, de la aventura inherente
al fraseo (y su oir). No sólo porque aquella es su espíritu y matriz de
espiritualismos multiformes, sino porque ambas pueden ser escritas –oxigenadas–
por la respiración. Lo sabe quien llegó, ¡al fin!, a (r)espirar mientras
escribe, hallando la indescirnibilidad empírica de ese moebius tal como se lee radiante
en cada fraseo de Yax: “la poesía como esfuerzo / y respiración / escucha”, y a
la vez: “mi corazón era una ola”.
Si ya
abducíamos que su oído y radar con(e)spiran con un corazón de fraseos
sanguíneos agitando frecuencias térmicas (los Hz del Cor valen Or en cada
galaxema), ahora captamos que también la ola participa desde el vamos, ya que
ésta funciona en directa co-respondencia con quien conoce el llamado (de la
Vida Radiante) y su respuesta sin discurso: este llamar y responder es un
oleaje, Haaaaaa, que hace de flanger
autopoiético, de micromar de las sílabas, del que este surfer mejicano extrae
una ola para su corazón singular, de la que resulta una poética cardíaca:
“conservar el fuego / no perder el calor / la poesía / transmitida en la
respiración / es conciencia de que somos seres vivos de aire y fuego”.
Y todo
esto “en la Vida Radiante”, como dice una de las dedicatorias/aperturas del libro.
Lo que recuerda, con pleno derecho laborante y cosmonauta, a esas gnosis
cósmicas y extracósmicas de las perlas diaspóricas del Pleroma –mandeos y
nazarenos del Jordán, valentinianos de Alejandría–, que latían en la Vida
Luminosa y en la Vasta Vivificación
(todos nombres del disímil Aumin, Amén, Amon, On, Om, Amoun: viajantes del
comercio interestésico).
Cerramos
por un segundo el libro para hacer justicia a sus potencias vanoleantes y a
nuestro surf, para adivinar con aguzada claridad quién habla: un poeta ( =
la contracara de toda circunspección y academia tanto como de su transgresión
sin Cor). Es tan inusual la aparición de un poeta
(siguiendo la percepción de Reynaldo Jiménez en una entrevista reciente) que
cuando insurge, el gesto en el que solemos encontrarnos no es sólo el de la
lectura, sino alternamente el de cerrar el libro para lograr el súbito sustain respecto a lo que nos descubre
cabalgándolo: lo empezamos a leer hacia el
mundo, lo libramos a su carrera (no a
la nuestra ni a la del terciario, sino a la del jinete de la onda viva), y así el mundo entra en una improvisación efímera
gracias a ese otroleer que nos cerró el
libro en las manos –la más inusual, intensa lectura–: a libro cerrado, abierto
hacia su reverb cósmico: el poeta Yax
nos traduce el trans del mundo, nos
lo devuelve rigor presencial, invocando sus fibras y ángeles de la tropopausa: brillan los ángeles nocturnos en un mar de
tinta, y el escalofrío concomitante que liga al amor ya ni siquiera humano:
el mundo era transparente y no podía
verme.
A
las pocas páginas cierro dos veces el libro (rythmós de la abducción alienígena) y capto que cierta clase de traducción no es asunto de mecánica
cultural de la transferencia: es un dinamismo de la conversión, y en cuanto
tal, una tentación física que muestra
lo que la traducción puede, más acá
de la lengua, cuando lo que pasa es algo similar a la conversión de monedas: una energética del cambio ( = de las
mutaciones). En Los Planetas esta
energética convierte hacia los signos
(atléticos) que trasladan el libro hacia el mundo y el mundo hacia el cosmos: lo
sacan del medio, lo vuelven huella y señal, un orbital abierto a la aventura de traducir el universo par coeur: “mi respiración es un pequeño
libro”, lo que es mucho decir dentro de la asfixia global que porta cada “gran
libro”.
Digámoslo
así: el corazón es un traductor, porque
oye (“pregunta”) y respira (“responde”). Y damos con un poeta que surfea esa vasta
ola traductora: convirtiendo energías de mera lectura-a-salvo en energías de cardiotraducción del cosmos –y sin
grandilocuencias: siempre es un pequeño
libro: un relicario del Cor–. Y por lo tanto con algo de orgía, pero de esa
que le quita su parte fílmica: no había autobiografía que rescatar ni
personajes: hay transparencia que absuelve de personería y desde allí no más
que una embriología de las apariciones: cuerpos
siderales / vacías las constelaciones...
Resulta
que se vacían las constelaciones y que el
mundo era transparente y no podía verme: ¿no es la más ajustada pragmática anti-narcisista
para la producción de condiciones del
aventurerismo, con todos sus signos conversores del mundo y del sujeto, cuando
ambos se creían los conquistadores o manipuladores de la significación y el
contexto?
Ningún
afán de conquista del espacio, pero tampoco su sátira, ni su descrédito amargo,
ni guiño experto entre colegas. Hay maneras de conquistar algo, el Algo o aliquid, que ya Deleuze mencionaba en
sus clases sobre pintura: él se preguntaba qué era conquistar un color para un pintor. Hay toda otra historia de la
conquista que linda con la conversión de un flujo de captura en un flujo de
cardiotraducción, que es una conquista por amor –desconyugalizado –. Los Planetas emprende esa conquista
amorosa, esa cardiotraducción, en cuanto nos permite volver a leer una
cosmología en poesía, que puede
generarse en la medida en que hay una nueva conquista cardíaca de las fuerzas
extrañas. Conquista de un afecto lírico que desde cada devenir-niño (“para
los niños”, dedica el libro Yaxkin) es nuestro resonador más íntimo y a la vez menos
extraño: acaso nacemos a la poesía a través del candor alucinado de los
viajeros y paisajistas –“los poetas alquímicos
utilizaban el descubrimiento”–, y
henos aquí, de nuevo, retomando esa conquista de nuestra afectividad
exploratoria, a través de los riesgos asumidos por Yaxkin, que ya quisiéramos
nuestros.
Cabe decir que no es el primer libro de Yaxkin
que leo: me había acercado El Sol Verde
(2010) durante su paso por la Estación Alógena, y en ambos me descubro en la misma
colocación deseante: la de quien logra
–para sí y para uno– una tentación física
que como efecto colateral es una manera de volver inter(i)legible el libro,
porque habría que cerrarlo rítmicamente (latido presencial) para sostener la
máquina que invoca, a fin de dejarla pasar hacia fuera de su marca textual (de mera legibilidad
convencional) hacia el desmarque de su traducción de cada fibra de universo.
Pero también porque la tentación física
no remite a más transferencias lectoras, críticas o comparativas, sino a una conversión de energías que horada la
lectura hacia la miración extática. E incluso: porque el mismo Yaxkin pobló
algunas páginas de su libro con galaxias de señales, signos, letras y números,
soltados de toda referencia, a manera de cielos en fuga que pasan por la página
para invitar a otra cosa que leer.
Quien
lee culturalmente y sin cerrar el libro porque entonces no se lee ( = el libro
no era una máquina deseante ni pieza de otras máquinas), o quien sólo lee al inquirir
por la significación referencial, sea narcisítica o cultural, porque de otra
forma no se entiende, este libro le trae una ancestral y futurible buena nueva:
se puede leer a libro cerrado y a mundo abierto una vez que actúa la picadura irreferencial
de Los Planetas –no tarda más de 10
páginas en hacer efecto–.
Y
nos recuerda, de paso –como si ya no nos hubiera echado el rociador de su memoria mágica– lo que aún puede
pasarnos un chamán, un beatnik, un Beatle, un Nowhere Man: “y esta es mi alma hecha de colores un cometa de papel
y azufre / aquí en el fondo del océano (...) donde las hojas luminosas se abren
y se cosechan los textos / inauditos y los ángeles / y los jaguares sigilan
como astros-universos que también están / aquí concentrados en las galaxias
(...) y pinto rollos de arcoiris hasta que duermo en el arcoiris”.
Una
lisergia de acción (no de cita ni de calco ni de retro) se asperja sobre el
mundo, ya que el mundo no está en el plano de referencia general ni en su
cirujía, pasa por los modulares genéticos y apocalípticos de la percepción, no
yace cautivo ni cautiva, sino que es una perpetua invitación a participar en su
donación y sustracción continuas: "de repente las calles se inundan y
aparecen olas gigantes": lo que irrumpe donando también puede quitarlo y
desmentirse con una nueva donación, seguida de otras catástrofes que, como en
René Thom, son siempre morfogenéticas, festejantes de las mutaciones bruscas y
así y todo amorosas –celebratorias–. Génesis y Apocalipsis laboran al unísono
en las sesgaduras visionarias del poemadomante –jinete gnóstico–, como en los
peregrinos sin Meca de cada ahora: “y no pelearán por la escritura sino por
posibilidades zodiacales / porque el cielo aún está por ser reconfigurado / una
tarea pendiente / nuestro desafío / del fin / del mundo”. Después de todo son unos niños que pasan surfeando sobre la
realidad.
No
es frecuente hallarse ante semejante desparpajo pop-lisérgico, enteobotánico,
in.tensionado de zooplastias espontáneas, danzas
folclóricas del mezcal, vegetalismos y cosmopatías absueltas de
justificarse, explicarse o regular su pathos
dador. La panespermia cunde: el universo es carismático, y el poeta orquesta
–sin enquistarse director– la liturgia de la transfiguración de la Tierra. Que
se realiza entre la yema y la tecla: sintetizador electrónico (son los versos
del microprocesador), que no coinciden con la máquina sino con la maquínica de
las micropercepciones: "calcula / el espacio / que queda / entre tu boca /
y la boca de las estrellas".
En
las autofestivas antípodas de todo fin de la poesía (no es éste apocalipsis el
que trina) lo que devuelve Yaxkin, incrementada, es justo la poesía, y la
performance renovada de las nuevas melodías que alcanza en su viaje por el entre y el inter. Por eso no quiero
dejar de escribir (frasea Yaxkin). Habiendo alcanzado el gozo, dejar de escribir es la astucia del
profesional con final anunciado: otro momento de la cultura. Aquí, en cambio,
la escritura no admite dejarse porque ni se la tiene ni se la padece ni se la
trabaja: se la destila en una fiesta inolvidable sin ansiedad de resultados. No
se trata entonces de escatologías personales, aquí el fin es un pasodoble
–desfondado– dentro de la vasta metamorfosis vitalista del acontecer, a lo
Apuleyo, donde a un asno le basta una rosa para entrar a otra serie, a otro
plano o planeta.
Y
es que "desconozco / lo dice mi pequeño corazón": el que está curtido
por la escucha de la franja muda del cosmoCor (un acusmático, un
electroacústico) capta sobre la marcha que el aliquid jamás dice –como cuenta la fábula religiosa o cultural–:
“Te conozco”, sino que nos sopla: “No te conozco” y el cor de Yaxkin responde “También
yo te desconozco”, lo que es una cruda y celebratoria afirmación del abismo y
de la nueva exigencia de aventura, sin línea de llegada: “yo no / pregunto a tu
corazón / quién eres”. El cor, si pequeño, capta que desconoce, y es ahí entonces
que canta, porque al fin se acabó el
conocimiento (y éste era el final que cantaba). Se vuelve así una máquina de trinar, como en Paul Klee: “penetrarás cada una de estas sutilezas / hasta que tu cara no sea tu
cara / sino el abismo”.
Yaxkin
acaba de trazarnos en la cara otro hechizamiento luminoso. Y nosotros: ¡zas!,
quedamos embarazados, cosa inusual, por un poeta cosmópata. Acostumbrados a cambiar
nuestros vientres embriológicos por panzas llenas (el in vitro de texto + cultura), inmanece quien puede volver a dinamizar
nuestro vientre en su punto virgen, entrañable, con planetas irreferentes que
mellan y abren la molécula a su larvariedad visionaria. ¿Será mucho? A falta de
muchismos la poesía justifica lo que
existe o lo “critica” y se vuelve ingrata: se encierra dentro del marco de un libro sin parpadeos. A millas de esa hipnosis,
Yaxkin celebra un universo de insistencias imponderales que eyecta la poesía
hacia el parpadeo de los cuerpos célibes –hiper-preñados de Real–. Siderales o
insiderados, es la clase de muchosidad
de una poesía que destila tanto poder porque no lo retiene: lo transparenta, al
incandescer nuevos y pretéritos modos del trans. Y esto se agradece: ya no sé
si abro y cierro el libro en mi regazo o si es que aplaude el Ellor de los planetas.
ná Khar Elliff-ce
Estación Orbital Alógena, 2012